Conforme vayan pasando adelante los posts iré dando referencias históricas muy interesantes de todo lo que voy narrando. El blog es para contar novedades, pues desde la construcción de las casas no se ha hablado mucho más y el barrio, sus gentes, las épocas, son fuentes de anécdotas que toman consistencia a la hora de narrar el curso de la vida en el mismo.
Pasemos ahora a la Rambla de Benipila cuyos muros fueron construidos en tiempos de Isabel II y a mí se me quitó la idea de la cabeza diciéndome que habían sido levantados en la dictadura franquista cuando me empeñé en encontrar el tesoro que encerraba el pretil.
Si bien es cierto que teníamos una buena educación, también lo es que estábamos un poco "asilvestrados" pero fue bueno para nuestra salud y para fortalecer nuestro cuerpo y el carácter. En el barrio jugábamos en los jardincillos donde las madres podían controlarnos mejor y vigilarnos. Pero, ¡ay! las flores y las plantas: eran víctimas de nuestras ideas porque las usábamos para "cocinar", "fabricar pócimas y preparados", "como moneda de cambio", " como mullido para las camas de todos los animales que encontrábamos" etc... Además de poner el suelo hecho un asco, obviamente. Aunque lo recogiéramos todo, la madre respectiva tenía que limpiar después y no estaba por la labor, así que acabábamos saliendo a la calle, cuando estaba asfaltada o a la arena cuando no lo estaba. Pero era divertido jugar con la arena, correr por los montículos que se formaban cuando llovía y ascender por los caminitos de la calle Muro. Dice mi madre que un día me hizo bajar a la calle con el vestido del día anterior - cosa muy común en esos tiempos de la dictadura - y protesté. Entonces me respondió que cambiaría de vestido cuando acabara de mancharlo. Dicho y hecho. Bajé a la calle y en el primer barrizal que encontré, terminé de manchar el vestido. Huelga decir que mi "feliz" idea no sirvió de nada porque, como castigo, me tuve que quedar toda la tarde con el vestido manchado.
El muro de la Rambla de Benipila contenía las aguas que discurrían tras la lluvia. Esta rambla se construyó para desviar dichas aguas del centro de la ciudad pues anteriormente corrían por la rambla del Carmen que era la Calle Real y por la Alameda de San Antón. Nuestro barrio pertenecía a la pedanía de San Antonio y quedaba completamente separado por la Rambla excepto la parte de Los Dolores y San Antón que quedaban en la otra orilla.
En tiempo de tormenta se suponía que el agua pasaba por la rambla y se dirigía hacia el mar. Pero nuestra zona antes había sido un palmeral que se inundaba con la lluvia y no iba a dejar de ser menos: en una o dos ocasiones conocí dicha inundación - todo un acontecimiento - y ayudábamos a todas las madres a limpiar las calles del barro que no se había podido contener porque no se había conseguido bajar la famosa compuerta.
La Rambla era un lugar siniestro. Se la veia grande y oscura de noche, al pasar por el puente y abierta y sin fin de dia. Pero a nuestros ojos de niños eso les daba igual.
Por la Rambla pasaron - y llegaron a nuestro barrio - todos los personajes de terror que aparecían en la televisión: desde Drácula y el hombre lobo hasta una banda que se dedicaba a violar jovencitas llamada "La naranja mecánica". El lugar, con sus muros, sus insectos, su puente y sus bajadas, daba para enfervorizar la imaginación de niños y adultos. Si bien era cierto que muchos delincuentes usaban el lugar para ocultarse y cometer sus fechorías, no eran demasiados en aquel entonces y sí otro tipo de personajes que eran muy conocidos entre el acervo popular cartagenero.
Antes quiero resaltar que venían muchos niños de otros barrios a jugar al nuestro. La tranquilidad, el tránsito escaso, la prudencia con la cual nuestras madres nos vigilaban y cuidaban, llamaba la atención. Venían compañeros de otros colegios, familiares y volvían atraídos por el encanto de vernos jugar juntos en la calle, de sentir la alegría de tantos niños reunidos, de experimentar nuestros juegos - la imaginación tenía el poder absoluto - y de liberarse, un poco, de tensiones.
Claro, venían todo tipo de niños: educados y maleducados. Obviamente, nos enseñaban de todo. Y una de las cosas que nos enseñaron - duró poco, menos mal - fue a pelear formando bandas. La otra fue saltar a la Rambla.
La "pelea de las bandas" sólo duró unos meses. Lo que sí duraba era la rivalidad por conseguir el mayor número de enseres, maderas, ropa y papeles que guardábamos celosamente para poder construir nuestras hogueras de San Juan. En aquella ocasión, los chicos formaron dos bandas: los "Matutinos" y los "Tataritos". A lo único que se dedicaban era a enseñar lo que habían conseguido para la hoguera, exponiéndolo por las calles del barrio o a cantar a grito pelado una especie de marcha que se habían inventado. Pero no tenía mucho aliciente. Entonces creo recordar que unos bajaban por la calle del Clavel y los otros por la Dalia con la intención de amenazarse pero no llegaron a nada. Porque lo interesante era esconder todo el material y formar grupos de vigilancia para que no nos lo cogieran. Al año siguiente se había acabado el asunto de las "bandas" para siempre jamás. Nuestros juegos eran más divertidos.
Aunque las chicas teníamos mucha rivalidad entre nosotras...
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