5/1/11

Las amigdalas

El edificio de la  UPCT o Universidad Politécnica de Cartagena ha sido usado con diversos fines. Creo que se construyó con el cometido de servir de alojamiento a un destacamento militar que venía desde Sevilla y también como hospital. Cuando fui, a los cuatro años, poco me importaba que fuera construido en el siglo XVIII  aunque sí me llamaban la atención aquellos enormes arcos del patio, las cristaleras, las enormes y frías salas y el color gris imperante. No sólo por dentro sino por fuera del edificio. Su estructura quedó grabada para siempre en la memoria y estuve rehuyéndolo hasta que crecí unos años más.
Recuerdo haberlo visitado por un nacimiento, en diciembre de 1967. Las camas eran blancas con rejas, como esas que salían en la televisión donde monjas vestidas de blanco atendían a los enfermos, tanto en las películas norteamericanas como en las españolas y las francesas. Muy amables y muy cariñosas pero firmes a la hora de hacernos salir de allí. Recuerdo que volví en enero de 1968, pocos días antes de mi cumpleaños. También había enfermeros militares, claro. Pero las monjas de la Caridad eran las que realizaban el trabajo más cercano a los enfermos. Y las damas de Sanidad Militar. Me hubiera gustado pertenecer a este cuerpo.
Volví, ciertamente y me ingresaron en una de esas frías habitaciones. Mi abuela me regaló un jersey azul tejido por ella, muy bonito. Estaba bien,  la gente era muy amable,  la verdad, no tenía temor alguno. Excepto a las agujas, temor que había cogido en Ferrol y que sigo manteniendo de por vida pero era necesario vacunar, obviamente.
Una mañana de color amarillo - la luz pálida entraba por la pequeña ventana, amanecía en el puerto de Cartagena que teníamos enfrente y la luz amarilla recorría todo el edificio, se veía en el patio, amontonados los rayos contra la pared - me llamaron y me pusieron un extraño pijama de color gris. Todas las figuras eran grises  y contrastaban con el color amarillo que enviaba el sol.  Un chico joven me cogió en brazos y me llevaron a una gran sala, enorme sala blanca, llena de mesas grises. La pared blanca, las losas del suelo blanca y los armarios y mesas grises, cinco o seis espaciadas y colocadas ordenadamente. En un lateral había una de esas sillas antiguas donde se sentaban las personas ante el dentista. Antigua, como las sillas de barbero, con un respaldo que tenía forma de guitarra, un reposacabezas, construida en metal y pintada de blanco. 
En medio de la gran sala una puerta dividía el salón en dos y la cerraron. Se ve que por alguna razón militar que no alcanzo a comprender, en todo lo relativo a la Marina de Guerra todo era gris y blanco como los barcos. Parecía que no tenían dinero para comprar pintura de otros colores más que gris y blanca y menos mal que el sol daba algún color al ambiente y las plantas de afuera ponían la nota verde. Algunas salas tenían las paredes y el suelo de madera y armarios de cristal con libros detrás. Eran las salas de los médicos.
En aquella sala habían armarios de cristal vacíos y grises también.
El chico que estaba conmigo se sentó en la silla. Me pusieron una camisa blanca que no me dejaba coger los brazos y el chico me agarró fuerte las piernas y los brazos.
Había cuatro o cinco personas más allí. No sé qué habrían ido a hacer. Sólo recuerdo que uno de ellos cogió una jeringa enorme. Grande. Le cogía casi todo el brazo y tenía una aguja enorme, de casi diez centímetros. Me abrió la boca, me dijo que pronunciara "A" y me clavó la jeringa en la mejilla. No sentí nada porque no entendía lo que estaba pasando. Luego metieron unas cosas grises y empezó a manar sangre de mi boca, tanta que formaba un río de sangre por mi pecho hasta el suelo. Iba manando lentamente, no como en una cascada, poco a poco, poniéndolo todo de color rojo. 
Después se oscureció todo en mi mente y luego salí en brazos del chico. 
El patio no era amarillo. Era blanco. Todo volviose blanco y gris y así recordé, desde aquel entonces, el Hospital de Marina al que volví muchas veces, incluso a arreglarme la boca. Porque eso sí: los dentistas militares, son profesionales de primera.

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