¿Quién ha dicho que antes no existían jardines de infancia y clases de preescolar?
Aunque mis primeras letras las recibí en Ferrol, tuve el gran orgullo de prepararme, antes de ir al colegio de La Purísima Concepción (San Miguel) en el jardín - nunca mejor dicho - de doña Paquita.
En un principio recibí en una escuela pública de Ferrol mis primeros encuentros con una clase de niños y niñas, un colegio público. Después di clases particulares en casa hasta que pude entrar en uno de los sitios más bonitos donde se pueda dar clase.
En el barrio de la Conciliación había dos lugares preciosos donde los niños y niñas aprendían no sólo a leer y a escribir sino también el comportamiento en clase y el respeto a los profesores. Ahora no recuerdo el nombre de la otra profesora pero sí el de la mía. Años después visité el otro jardín y me di cuenta de que ambas fueron mujeres de gran belleza interior y exterior, entregadas a la cultura y a la infancia, muy cariñosas. Ah , si: la otra profesora se llamaba o doña Anico o doña Nico.
Ambas tenían una casa de planta baja con un jardín. En el de doña Nico crecían unas margaritas espléndidas de dos tipos: blancas con corazón amarillo y amarillas con corazón negro. Un jardín bien cuidado, con el suelo de losa y una casa pequeña que se mantenía bien adecentada. No entré nunca pero no me hubiera importado conocerla.
Venía una chica a darnos clase a mis hermanos y a mi en casa. No era lo más adecuado debido a que no se podía coger una disciplina y por eso acudimos a doña Paquita mi hermano el mayor y yo. Teníamos seis y cinco años e íbamos solos a casa y volvíamos, recuerdo, porque quedaba muy cerca, en la calle del Clavel y nosotros vivíamos en la calle Dalia. Eso hoy es impensable el hacerlo. El tercer hermano era muy pequeño y la cuarta estaba recién nacida.
Entrar en el jardín de doña Paquita era entrar en un mundo aparte. Tenía una casa antigua de planta baja, tambièn, con una verja metálica. Pasábamos por un caminito de piedras que se dirigía hacia la parte de atrás donde se suponía que se tenían los cultivos. En la casa o caseta donde se metían los aperos de labranza, doña Paquita había adecentado una aula con dos mesas grandes y sus sillas, una mesa que se encontraba sobre una tarima y ventanas pequeñas. Todo de madera. Como la casa de Heidi, vamos.
Llevábamos nuestras pequeñas carteras con nuestro lápiz, nuestra goma y el cuaderno, a menudo usado, con papeles. Doña Paquita nos ponía letras para copiar y nos iba enseñando. Sí la recuerdo poner orden con firmeza pero también su dulzura al tratarnos. Había un garage que, más tarde, acondicionó como dormitorios. A veces salíamos por allí. En la pared, doña Paquita colocaba nuestros dibujos y nuestras láminas. Nos sentábamos en grupos de cinco o seis y repetíamos la lección o la escuchábamos explicar.
En octubre comencé en el colegio. No pude seguir pero sí agradezco todo lo que recibí en aquella casa de cuento.
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