4/1/11

La plaza de Juan XXIII

Mis primeras experiencias en la plaza de Juan XXIII son muy agradables. Hablo de Cartagena, claro. Serían los años 1965/66. Mi abuela no la recordaba con tanto agrado. Yo diría que había cierto temor en sus palabras cuando pasábamos por la pequeña glorieta/rotonda que queda en medio y nos decía: "Ahí pasamos tu tosferina,, Mayte". Lo que yo recuerdo como "tosferina" era una simple tos y salir a pasear. Alli nos sentábamos en los banquitos y tomábamos el sol. Había unos pilares con unos soportes para enredaderas y creo que un centro con una fuentecita.  Quizás de estas salidas guardo tan buen recuerdo que por eso me encantan esas pequeñas y recoletas plazas asfaltadas con pocos banquitos y recogidas en puntos de la ciudad donde poca gente puede verlas, algo aisladas, pero donde el sol se nota suavemente y la tranquilidad permite pensar y observar.
Aquellas columnas eran blancas y los bancos grises. El suelo era gris. Las flores tenían diversos colores. Pero desde allí podía observar un mundo maravilloso aunque fuera a distancia. Enfrente nos quedaba, por una parte, el muro del cuartel de artillería. Las paradas de los distintos autobuses estaban marcadas por una especie de marquesinas de color blanco amarillento, con asientos de piedra para las personas ancianas que esperaban el autobús. Estudiantes, personas mayores, mujeres que acudían a comprar al mercado de Santa Florentina - que teníamos al lado -  o  a los distintos puestecitos que proliferaban en torno al muro del cuartel: flores, hierbas, distintos tipos de bizcochos, verduras  y frutas pero, sobre todo, flores muchas flores bajo los toldos azules, verdes o marrones. También vendían ropa o bisutería.  Allí se encontraba todo más céntrico y las personas hacían la compra, cogían el autobús - rojo, recuerdo autobuses rojos y azules o blancos con esos colores - y se volvían a casa. 
De otra parte, el museo arqueológico. Hoy no existe pero en aquel entonces era un muro que estaba a nuestra derecha. Era alargado. Entramos en una ocasión - tal era nuestra curiosidad por acceder a aquel lugar a ver qué había dentro y, por otra razón, me comentaba mi hermano: a mirar qué tenían las estatuas debajo de las hojas que les colocaban.  Recuerdo, en medio del museo, un trozo de piedra de color blanco que era tan grande como yo. Decían que era un antebrazo de una estatua. Así de enorme sería la estatua pues yo ya era bastante alta para mi edad - cuatro o cinco años - y si eso era un antebrazo, cómo sería el resto de la estatua.  Después lo cambiaron hacia las "afueras" y volví en pocas ocasiones pues quedaba lejos para mí.
Un tercer vistazo se echaba a la fábrica de hielo que había en la calle Salitre y yo me preguntaba cómo fabricaban el hielo: tendrían neveras llenas de hielo para hacer más hielo porque con el calor que hacía en Cartagena, sería difícil congelar el agua  so pena que estuviera congelada para poder congelar más . En fin, una incógnita para aquellos años. Y ya, por fin el mercado de Santa Florentina pero se merece su propio sitio. 
Lo que sí daba sensación de poder era estar en medio de todo aquel barullo y permanecer aparte mirando la vida ajena, los coches pasando en torno de nuestra placeta y nosotros, espectadores de un conjunto de mundos que giran entre sí, chocando o tocándose de cuando en cuando pero finitos y cercanos, susceptibles de cambios  y tan maravillosos como lo es toda la vida humana.

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