Conservo aún la foto enfrente de la fuente de la plaza de España. El agua no tenía colores. Alrededor de la fuente había un manto de césped y algunos arbustos bien recortados. Se mantenía preciosa aquella plaza. Cierto es que no todos los leones de las fuentes de alrededor no echaban agua pero bien estaba ya pues debían de ser muy antiguos. Tampoco había bancos bordeando los pinos, sólo aquellos de piedra de color blanco al lado de cada demarcación de la plaza. Eso sí: los columpios con los bordes metálicos, aquellos que tenían el asiento de madera o metal y donde disfrutábamos tanto, enredándonos en las cadenas. Y los toboganes de madera y metal. O aquel medio iglú de metal por donde subíamos azuzados por el resto de niños que había en el parque a ver quién podía más.
En un costado estaba la cruz de los caídos y, a su lado, las Carmelitas. No entendí jamás el por qué mis padres no nos enviaron a Las Carmelitas o a la escuela del Rosario que quedaba tan cerca de casa y sí a San Miguel que estaba a casi media hora de camino. Pero no me arrepiento de la educación que he recibido. En el lado opuesto al de la cruz había otra especie de plafatorma para cruzar. El paseo de Alfonso XIII en un extremo con el instituto Jiménez de la Espada y el coleigo de las Adoractrices enfrente.. Y al otro lado, la gasolinera y el edificio con la parada de Taxis.
En aquellos tiempos la plaza estaba muy limpia. Tenía como unas ventanas cuadradas por las que subíamos y bajábamos y arbustos y árboles por toda su extensión, sobre todo pinos y ficus.
Era un lugar entrañable.
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