Hace tiempo ya, sí. Mis hermanos eran pequeños y la menor aún no había nacido. Vivíamos en el número 1 de la calle Dalia, en Quitapellejos, en el Barrio de la Conciliación. El suelo era de arena; eran caminos de aquellos vecinales, antiguos. Sí estaba la compuerta que cerraba el acceso a la Rambla, prohibidísimo - aunque no hacíamos caso, ojos que no ven... - y había algunos árboles cercanos en unos límites similares a las aceras que los separaban de los chalets. Cuando llovía disfrutábamos entrando a los charcos con las botas y los zapatos también - todo hay que decirlo - para desesperación de nuestros padres. Años después me enteraría de que la casa donde yo viví pertenecía a una compañera de instituto con la que me llevaba bastante bien y a la que recuerdo con agrado. Para acceder - era un primer piso - subíamos un tramo de escalera y teníamos un estupendo patio donde mi madre nos podía dejar con confianza, jugando, aunque era mejor salir afuera y disfrutar con la compañía de los otros niños y niñas.
De cuando en cuando venían los rebaños de cabras por la calle principal. Entraban por la famosa compuerta por la que nadie podía acceder, con el pastor, y volvían a marcharse por allí. Veíamos a los animales escalar, gustosos, por el muro y dirigirse hacia la Algameca.
No se me olvida el vendedor de verduras y fruta. Tenía un carro de madera que llevaba él mismo y donde presentaba la mercancía. Al grito de "!Alcaciles!"bajaban todas las mujeres a comprar el abasto para la comida diaria. El buen hombre vivía sólo y toreaba a los muchachos que pretendían cogerle alguna pieza del género. Tenía su genio pero era buena persona.
En primavera florecían los celindos. En mi patio no había ninguno pero sí adornaban los jardines colindantes junto a los lirios, las rosas, los palmitos y alguna que otra palmera. El barrio era, y sigue siendo, precioso. Tranquilo, acogedor, reservado. Un oasis como quizás lo fue en la antigüedad, cuando era un palmeral junto a una playa cercana al mar de Mandarache. El nexo de unión con la ciudad - los vecinos decían que "bajaban" a Cartagena - era el puente de Quitapellejos. Se me hacía raro aquel puente: "cómo quitarían allí los pellejos a las cabras, qué gente más cruel " pensaba a menudo. . Después me enteré de que no fueron cabras, sino caballos. Aún tengo que indagar un poco más acerca de aquel desagradable acto cometido no sé aún si encima o debajo del puente.
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