10/1/11

La Rambla, ese lugar...2

Lo mejor que tenía la Rambla eran sus muros y el puente.
Había zonas con distintas dificultades.  Y casi todos, chicos y mayores, hombres y mujeres, cruzábamos por la Rambla porque era más cómodo que pasar por el puente. 
Al saltar desde la compuerta, alguien había tenido la decencia de colocar tres bloques de piedra formando escalón para poder descender. De niños, bajábamos tirándonos directamente al suelo. Ahora mismo, no sé yo si bajaría ni por los escalones ni tirándome.
Se acortaba camino pasando por en medio de la Rambla que, cuando no llovía, estaba completamente seca. Había un camino marcado y todo. Al otro lado, cerca del puente se podía subir por unas escalerillas. 
Nos dijeron en una ocasión que iban a tapar la Rambla y la iban a convertir en un parque como el de Gulliver de Valencia. Pero aún estamos esperando a ver ese paseo que debía discurrir por encima de la rambla 
En dirección hacia la Comisaría de policía se encontraban las zonas para probar y subir. Las más difíciles eran las que estaban a ambos lados de la compuerta. La más sencilla estaba subiendo hacia la zona de la Comisaría. Hasta con patines subíamos y bajábamos el muro, para desesperación de nuestros padres que, aunque cruzaban la Rambla, lo hacían del modo más sensato y, desde luego, sin escalar muros. Pero aquello era aburrido y le quitaba emoción.
Qué mejor cosa, el viernes por la tarde, que dejar las mochilas en casa y acudir a la plaza de España. ¿Cruzando el puente? no, ni pensarlo. Cruzando la Rambla y subiendo casi por donde se encontraba la misma plaza. Dábamos al camino que tocaba con el otro muro, bajábamos y en un momento estábamos en la plaza. Ahí sí, como señoritas. No se nos ocurría hacer ninguna salvajada hasta el momento de volver a casa. 
Excepto cuando había guerra por los botines de las hogueras y asalto al vivero, claro...
Nuestras madres, con santa paciencia, nos llevaban al interior de la Rambla. Nos enseñaban el nombre de las flores y las plantas que crecían, salvajes, por alli: cardos, palmitos, algo de tomillo, margaritas, césped, hierba del pastor, bulbos y cebollas de lilium y narcisos, bálsamo, ortigas... también nos enseñaban el nombre de los insectos y otros animales  que pululaban por allí: saltamontes, mariposas, moscas y mosquitos, algunas ranas, lombrices de tierra, renacuajos, babosas, zapateros y mariquitas, mantis,  etc... Culebras, víboras y cosas similares. Fauna y flora que desaparecía todas las primaveras por mor de la ciencia, claro: había que llevar al colegio algún insecto y allá íbamos a recolectar lo que se pudiera. Manteníamos en alcohol todo lo recogido y en verano iba a la basura. Si alguien localizaba algún escarabajo especial o alguna araña que había tenido la mala fortuna de toparse con nosotros, lo conservaba.  Pero lo encantador era acudir a coger las pequeñas bolas de algodón que crecían detrás del vivero o los tomates que cultivaban.
Venía algún cafre que no tenía consideración ni con la naturaleza ni con la ciencia y se dedicaba a experimentar con los animalitos en vivo y en directo. Lo más usual era usar los botes y botellas de bebida y de laca o spray, hacer una hoguera para tirarlos dentro y ver como estallaban o ... dejen ustedes volar la imaginación...
Esos mismos "cafres" venían, igualmente, a hablarnos de esos personajes cartageneros que forman parte de la leyenda popular. Uno de ellos era "Perico", una persona discapacitada que solía pasear por la ciudad recogiendo papeles y haciendo pelotas con ellos. Creo que, a veces, los niños le pedían que realizara acciones crueles por diversión pero las madres estaban listas y dispuestas para que esa crueldad desapareciera de las mentes infantiles.




9/1/11

La Rambla, ese lugar...1

Conforme vayan pasando adelante los posts iré dando referencias históricas muy interesantes de todo lo que voy narrando. El blog es para contar novedades, pues desde la construcción de las casas no se ha hablado mucho más y el barrio, sus gentes, las épocas, son fuentes de anécdotas que toman consistencia a la hora de narrar el curso de la vida en el mismo.
Pasemos ahora a la Rambla de Benipila cuyos muros fueron construidos en tiempos de Isabel II y a mí se me quitó la idea de la cabeza diciéndome que habían sido levantados en la dictadura franquista cuando me empeñé en encontrar el tesoro que encerraba el pretil. 
Si bien es cierto que teníamos una buena educación, también lo es que estábamos un poco "asilvestrados" pero fue bueno para nuestra salud y para fortalecer nuestro cuerpo y el carácter. En el barrio jugábamos en los jardincillos donde las madres podían controlarnos mejor y vigilarnos. Pero, ¡ay! las flores y las plantas: eran víctimas de nuestras ideas porque las usábamos para "cocinar", "fabricar pócimas y preparados", "como moneda de cambio", " como mullido para las camas de todos los animales que encontrábamos" etc... Además de poner el suelo hecho un asco, obviamente. Aunque lo recogiéramos todo, la madre respectiva tenía que limpiar después y no estaba por la labor, así que acabábamos saliendo a la calle, cuando estaba asfaltada o  a la arena cuando no lo estaba. Pero era divertido jugar con la arena, correr por los montículos que se formaban cuando llovía y ascender por los caminitos de la calle Muro. Dice mi madre que un día me hizo bajar a la calle con el vestido del día anterior - cosa muy común en esos tiempos de la dictadura - y protesté. Entonces me respondió que cambiaría de vestido cuando acabara de mancharlo. Dicho y hecho. Bajé a la calle y en el primer barrizal que encontré, terminé de manchar el vestido. Huelga decir que mi "feliz" idea no sirvió de nada porque, como castigo, me tuve que quedar toda la tarde con el vestido manchado.
El muro de la Rambla de Benipila contenía las aguas que discurrían tras la lluvia. Esta rambla se construyó para desviar dichas aguas del centro de la ciudad pues anteriormente corrían por la rambla del Carmen que era la Calle Real y por la Alameda de San Antón.  Nuestro barrio pertenecía a la pedanía de San Antonio y quedaba completamente separado por la Rambla excepto la parte de Los Dolores y San Antón que quedaban en la otra orilla.
En tiempo de tormenta se suponía que el agua pasaba por la rambla  y se dirigía hacia el mar. Pero nuestra zona antes había sido un palmeral que se inundaba con la lluvia y no iba a dejar de ser menos: en una o dos ocasiones conocí dicha inundación - todo un acontecimiento - y ayudábamos a todas las madres a limpiar las calles del barro que no se había podido contener porque no se había conseguido bajar la famosa compuerta. 
La Rambla era un lugar siniestro. Se la veia grande y oscura de noche, al pasar por el puente y abierta y sin fin de dia. Pero a nuestros ojos de niños eso les daba igual.
Por la Rambla pasaron - y llegaron a nuestro barrio - todos los personajes de terror que aparecían en la televisión: desde Drácula y el hombre lobo hasta una banda que se dedicaba a violar jovencitas llamada "La naranja mecánica". El lugar, con sus muros, sus insectos, su puente y sus bajadas, daba para enfervorizar la imaginación de niños y adultos. Si bien era cierto que muchos delincuentes usaban el lugar para ocultarse y cometer sus fechorías, no eran demasiados en aquel entonces y sí otro tipo de personajes que eran muy conocidos entre el acervo popular cartagenero.
Antes quiero resaltar que venían muchos niños de otros barrios a jugar al nuestro. La tranquilidad, el tránsito escaso, la prudencia con la cual nuestras madres nos vigilaban y cuidaban, llamaba la atención. Venían compañeros de otros colegios, familiares y volvían atraídos por el encanto de vernos jugar juntos en la calle, de sentir la alegría de tantos niños reunidos, de experimentar nuestros juegos  - la imaginación tenía el poder absoluto - y de liberarse, un poco, de tensiones.
Claro, venían todo tipo de niños: educados y maleducados. Obviamente, nos enseñaban de todo. Y una de las cosas que nos enseñaron - duró poco, menos mal - fue a pelear formando bandas. La otra fue saltar a la Rambla.
La "pelea de las bandas" sólo duró unos meses. Lo que sí duraba era la rivalidad por conseguir el mayor número de enseres, maderas, ropa y papeles que guardábamos celosamente para poder construir nuestras hogueras de San Juan.  En aquella ocasión, los chicos formaron dos bandas: los "Matutinos" y los "Tataritos". A lo único que se dedicaban era a enseñar lo que habían conseguido para la hoguera, exponiéndolo por las calles del barrio o a cantar a grito pelado una especie de marcha que se habían inventado. Pero no tenía mucho aliciente. Entonces creo recordar que unos bajaban por la calle del Clavel y los otros por la Dalia con la intención de amenazarse pero no llegaron a nada. Porque lo interesante era esconder todo el material  y formar grupos de vigilancia para que no nos lo cogieran. Al año siguiente se había acabado el asunto de las "bandas" para siempre jamás. Nuestros juegos eran más divertidos.
Aunque las chicas teníamos mucha rivalidad entre nosotras...

8/1/11

Límites del barrio

"La Conciliación" fue una constructora que se atrevió a edificar donde antes las palmeras conservaban el recuerdo de Teucro y otros paseando por Cartagena. Habiéndose levantado los muros de la Rambla de Benipila y formado, progresivamente, el barrio de la Concepción al pie del monte Atalaya, quedaba un pequeño reducto donde la gente paseaba. Era el palmeral del tío ... no recuerdo ahora si Luis, Juan, Julián, Pepe o Perico. Pero sí recuerdo que era la zona del huerto de los palmeros y del Hilador de Bramante. El último reducto de palmeras  y detrás estaba el vivero que acababan de traer del barrio de Santa Lucía. 
No conozco, realmente, los límites de la Conciliación. Al estar unido a la Concepción, no se le ponen pero sí los resaltábamos nosotros:
- de una parte, la Rambla de Benipila y su muro. El Vivero lo hacíamos formar parte del barrio. La ramblilla también la teníamos integrada.
- de otra parte la calle mayor o la calle de Pío XII. Pero resulta que esta calle separaría el Asilo de Ancianos del barrio y lo considerábamos como nuestro. Así que tomamos la carretera de la Algameca y una callejuela que pasa por detrás del Asilo.
- de una tercera la calle Peroniño que separa la Concepción de la Conciliación.
- y de una cuarta la carretera de Tentegorra.

Así que el barrio de la Conciliación el cual, realmente, estaba ocupando el lugar donde se encuentra el vivero, la ramblilla y la zona entre Peroniño y el Muro nosotros lo alargábamos añadiéndole "La guapa", por ejemplo. Eran unas casas rojas que se encontraban en la parte más noroeste del barrio. Como las calles tienen nombres de flores y en esa zona también continuaban dándole esa denominación la acaparamos. 

Y es que sigue sabiendo a gloria bajar por la calle del Clavel y ser recibido por los jazmineros de doña Paquita o por varios rosales de la zona. Llegar al eje central la calle Dalia y dirigirse o hacia la calle Muro o a las calles Rosa y Azucena..

Pero es que, tras la ramblilla se encontraban la calle Tulipanes, Lotos, Amarilis, Nardos, Madreselva y el alargamiento de la calle de la Rosa.  Y, seguramente, el ingeniero prefirió continuar hacia la concepción con otras calles pero ya no parecían formar parte de nuestro pequeño barrio. Lo cual no impidió el afortunado contacto con las personas que vivían en la parte superior, por supuesto ni el hecho de que la Virgen bajara por nuestras calles a dar su paseo el día ocho de diciembre.

Orquídeas, Gardenias, Lirios, Higuera, son calles que llegan hasta la subida de la mina. Pero ya eran poco conocidas para nosotros aunque mantenían las formas de la arquitectura imperante: casas bajas, chalets, como mucho de una o dos alturas - o cuatro como nuestro edificio, adosadas, y el ambiente era igual, tranquilo y sosegado.

Era un barrio que parecía un gran patio de recreo. Las personas que residíamos allí teníamos una educación y recuerdo siempre la seriedad a la hora de reprendernos si usábamos alguna palabra mal dicha o un gesto mal utilizado.  Teníamos también un coto a la hora de ir a casa y no éramos "niños de calle" aunque pudiera parecerlo al narrar estos recuerdos.

Acabo de leer en el Foro de Cartagena que el puente estaba construido a la altura de la Comisaría de policía. Hablaremos de ello más adelante. 



7/1/11

La plaza de España

Conservo aún la foto enfrente de la fuente de la plaza de España. El agua no tenía colores. Alrededor de la fuente había un manto de césped y algunos arbustos bien recortados. Se mantenía preciosa aquella plaza. Cierto es que no todos los leones de las fuentes de alrededor no echaban agua pero bien estaba ya pues debían de ser muy antiguos. Tampoco había bancos bordeando los pinos, sólo aquellos de piedra de color blanco al lado de cada demarcación de la plaza. Eso sí: los columpios con los bordes metálicos, aquellos que tenían el asiento de madera o metal y donde disfrutábamos tanto, enredándonos en las cadenas. Y los toboganes de madera y metal. O aquel medio iglú de metal por donde subíamos azuzados por el resto de niños que había en el parque a ver quién podía más.
En un costado estaba la cruz de los caídos y, a su lado, las Carmelitas. No entendí jamás el por qué mis padres no nos enviaron a Las Carmelitas o a la escuela del Rosario que quedaba tan cerca de casa y sí a San Miguel que estaba a casi media hora de camino. Pero no me arrepiento de la educación que he recibido. En el lado opuesto al de la cruz había otra especie de plafatorma para cruzar. El paseo de Alfonso XIII en un extremo con el instituto Jiménez de la Espada y el coleigo de las Adoractrices enfrente.. Y al otro lado, la gasolinera y el edificio con la parada de Taxis. 
En aquellos tiempos la plaza estaba muy limpia. Tenía como unas ventanas cuadradas por las que subíamos y bajábamos y arbustos y árboles por toda su extensión, sobre todo pinos y ficus. 
Era un lugar entrañable.

6/1/11

Doña Paquita y su jardín escolar

¿Quién ha dicho que antes no existían jardines de infancia y clases de preescolar?
Aunque mis primeras letras las recibí en Ferrol,  tuve el gran orgullo de prepararme, antes de ir al colegio de La Purísima Concepción (San Miguel) en el jardín - nunca mejor dicho - de doña Paquita. 
En  un principio recibí en una escuela pública de Ferrol mis primeros encuentros con una clase de niños y niñas, un colegio público. Después di clases particulares en casa hasta que pude entrar en uno de los sitios más bonitos donde se pueda dar clase.
En el barrio de la Conciliación había dos lugares preciosos donde los niños y niñas aprendían no sólo a leer y a escribir sino también el comportamiento en clase y el respeto a los profesores. Ahora no recuerdo el nombre de la otra profesora pero sí el de la mía. Años después visité el otro jardín y me di cuenta de que ambas fueron mujeres de gran belleza interior y exterior, entregadas a la cultura y a la infancia, muy cariñosas. Ah , si: la otra profesora se llamaba o doña Anico o doña Nico. 
Ambas tenían una casa de planta baja con un jardín. En el de doña Nico crecían unas margaritas espléndidas de dos tipos: blancas  con corazón amarillo y amarillas con corazón negro. Un jardín bien cuidado, con el suelo de losa y una casa pequeña que se mantenía bien adecentada. No entré nunca pero no me hubiera importado conocerla.
Venía una chica a darnos clase a mis hermanos  y a mi en casa. No era lo más adecuado debido a que no se podía coger una disciplina y por eso acudimos a doña Paquita mi hermano el mayor y yo. Teníamos seis y cinco años e íbamos solos  a casa y volvíamos, recuerdo, porque quedaba muy cerca, en la calle del Clavel y nosotros vivíamos en la calle Dalia. Eso hoy es impensable el hacerlo. El tercer hermano era muy pequeño y la cuarta estaba recién nacida.
Entrar en el jardín de doña Paquita era entrar en un mundo aparte. Tenía una casa antigua de planta baja, tambièn, con una verja metálica. Pasábamos por un caminito de piedras que se dirigía hacia la parte de atrás donde se suponía que se tenían los cultivos. En la casa o caseta donde se metían los aperos de labranza, doña Paquita había adecentado una aula con dos mesas grandes y sus sillas, una mesa que se encontraba sobre una tarima y ventanas pequeñas. Todo de madera. Como la casa de Heidi, vamos. 
Llevábamos nuestras pequeñas carteras con nuestro lápiz, nuestra goma y el cuaderno, a menudo usado, con papeles. Doña Paquita nos ponía letras para copiar y nos iba enseñando. Sí la recuerdo poner orden con firmeza pero también su dulzura al tratarnos. Había un garage que, más tarde, acondicionó como dormitorios. A veces salíamos por allí. En la pared, doña Paquita colocaba nuestros dibujos y nuestras láminas. Nos sentábamos en grupos de cinco o seis y repetíamos la lección o la escuchábamos explicar.
En octubre comencé en el colegio.  No pude seguir pero sí agradezco todo lo que recibí en aquella casa de cuento.

5/1/11

Las amigdalas

El edificio de la  UPCT o Universidad Politécnica de Cartagena ha sido usado con diversos fines. Creo que se construyó con el cometido de servir de alojamiento a un destacamento militar que venía desde Sevilla y también como hospital. Cuando fui, a los cuatro años, poco me importaba que fuera construido en el siglo XVIII  aunque sí me llamaban la atención aquellos enormes arcos del patio, las cristaleras, las enormes y frías salas y el color gris imperante. No sólo por dentro sino por fuera del edificio. Su estructura quedó grabada para siempre en la memoria y estuve rehuyéndolo hasta que crecí unos años más.
Recuerdo haberlo visitado por un nacimiento, en diciembre de 1967. Las camas eran blancas con rejas, como esas que salían en la televisión donde monjas vestidas de blanco atendían a los enfermos, tanto en las películas norteamericanas como en las españolas y las francesas. Muy amables y muy cariñosas pero firmes a la hora de hacernos salir de allí. Recuerdo que volví en enero de 1968, pocos días antes de mi cumpleaños. También había enfermeros militares, claro. Pero las monjas de la Caridad eran las que realizaban el trabajo más cercano a los enfermos. Y las damas de Sanidad Militar. Me hubiera gustado pertenecer a este cuerpo.
Volví, ciertamente y me ingresaron en una de esas frías habitaciones. Mi abuela me regaló un jersey azul tejido por ella, muy bonito. Estaba bien,  la gente era muy amable,  la verdad, no tenía temor alguno. Excepto a las agujas, temor que había cogido en Ferrol y que sigo manteniendo de por vida pero era necesario vacunar, obviamente.
Una mañana de color amarillo - la luz pálida entraba por la pequeña ventana, amanecía en el puerto de Cartagena que teníamos enfrente y la luz amarilla recorría todo el edificio, se veía en el patio, amontonados los rayos contra la pared - me llamaron y me pusieron un extraño pijama de color gris. Todas las figuras eran grises  y contrastaban con el color amarillo que enviaba el sol.  Un chico joven me cogió en brazos y me llevaron a una gran sala, enorme sala blanca, llena de mesas grises. La pared blanca, las losas del suelo blanca y los armarios y mesas grises, cinco o seis espaciadas y colocadas ordenadamente. En un lateral había una de esas sillas antiguas donde se sentaban las personas ante el dentista. Antigua, como las sillas de barbero, con un respaldo que tenía forma de guitarra, un reposacabezas, construida en metal y pintada de blanco. 
En medio de la gran sala una puerta dividía el salón en dos y la cerraron. Se ve que por alguna razón militar que no alcanzo a comprender, en todo lo relativo a la Marina de Guerra todo era gris y blanco como los barcos. Parecía que no tenían dinero para comprar pintura de otros colores más que gris y blanca y menos mal que el sol daba algún color al ambiente y las plantas de afuera ponían la nota verde. Algunas salas tenían las paredes y el suelo de madera y armarios de cristal con libros detrás. Eran las salas de los médicos.
En aquella sala habían armarios de cristal vacíos y grises también.
El chico que estaba conmigo se sentó en la silla. Me pusieron una camisa blanca que no me dejaba coger los brazos y el chico me agarró fuerte las piernas y los brazos.
Había cuatro o cinco personas más allí. No sé qué habrían ido a hacer. Sólo recuerdo que uno de ellos cogió una jeringa enorme. Grande. Le cogía casi todo el brazo y tenía una aguja enorme, de casi diez centímetros. Me abrió la boca, me dijo que pronunciara "A" y me clavó la jeringa en la mejilla. No sentí nada porque no entendía lo que estaba pasando. Luego metieron unas cosas grises y empezó a manar sangre de mi boca, tanta que formaba un río de sangre por mi pecho hasta el suelo. Iba manando lentamente, no como en una cascada, poco a poco, poniéndolo todo de color rojo. 
Después se oscureció todo en mi mente y luego salí en brazos del chico. 
El patio no era amarillo. Era blanco. Todo volviose blanco y gris y así recordé, desde aquel entonces, el Hospital de Marina al que volví muchas veces, incluso a arreglarme la boca. Porque eso sí: los dentistas militares, son profesionales de primera.

4/1/11

La plaza de Juan XXIII

Mis primeras experiencias en la plaza de Juan XXIII son muy agradables. Hablo de Cartagena, claro. Serían los años 1965/66. Mi abuela no la recordaba con tanto agrado. Yo diría que había cierto temor en sus palabras cuando pasábamos por la pequeña glorieta/rotonda que queda en medio y nos decía: "Ahí pasamos tu tosferina,, Mayte". Lo que yo recuerdo como "tosferina" era una simple tos y salir a pasear. Alli nos sentábamos en los banquitos y tomábamos el sol. Había unos pilares con unos soportes para enredaderas y creo que un centro con una fuentecita.  Quizás de estas salidas guardo tan buen recuerdo que por eso me encantan esas pequeñas y recoletas plazas asfaltadas con pocos banquitos y recogidas en puntos de la ciudad donde poca gente puede verlas, algo aisladas, pero donde el sol se nota suavemente y la tranquilidad permite pensar y observar.
Aquellas columnas eran blancas y los bancos grises. El suelo era gris. Las flores tenían diversos colores. Pero desde allí podía observar un mundo maravilloso aunque fuera a distancia. Enfrente nos quedaba, por una parte, el muro del cuartel de artillería. Las paradas de los distintos autobuses estaban marcadas por una especie de marquesinas de color blanco amarillento, con asientos de piedra para las personas ancianas que esperaban el autobús. Estudiantes, personas mayores, mujeres que acudían a comprar al mercado de Santa Florentina - que teníamos al lado -  o  a los distintos puestecitos que proliferaban en torno al muro del cuartel: flores, hierbas, distintos tipos de bizcochos, verduras  y frutas pero, sobre todo, flores muchas flores bajo los toldos azules, verdes o marrones. También vendían ropa o bisutería.  Allí se encontraba todo más céntrico y las personas hacían la compra, cogían el autobús - rojo, recuerdo autobuses rojos y azules o blancos con esos colores - y se volvían a casa. 
De otra parte, el museo arqueológico. Hoy no existe pero en aquel entonces era un muro que estaba a nuestra derecha. Era alargado. Entramos en una ocasión - tal era nuestra curiosidad por acceder a aquel lugar a ver qué había dentro y, por otra razón, me comentaba mi hermano: a mirar qué tenían las estatuas debajo de las hojas que les colocaban.  Recuerdo, en medio del museo, un trozo de piedra de color blanco que era tan grande como yo. Decían que era un antebrazo de una estatua. Así de enorme sería la estatua pues yo ya era bastante alta para mi edad - cuatro o cinco años - y si eso era un antebrazo, cómo sería el resto de la estatua.  Después lo cambiaron hacia las "afueras" y volví en pocas ocasiones pues quedaba lejos para mí.
Un tercer vistazo se echaba a la fábrica de hielo que había en la calle Salitre y yo me preguntaba cómo fabricaban el hielo: tendrían neveras llenas de hielo para hacer más hielo porque con el calor que hacía en Cartagena, sería difícil congelar el agua  so pena que estuviera congelada para poder congelar más . En fin, una incógnita para aquellos años. Y ya, por fin el mercado de Santa Florentina pero se merece su propio sitio. 
Lo que sí daba sensación de poder era estar en medio de todo aquel barullo y permanecer aparte mirando la vida ajena, los coches pasando en torno de nuestra placeta y nosotros, espectadores de un conjunto de mundos que giran entre sí, chocando o tocándose de cuando en cuando pero finitos y cercanos, susceptibles de cambios  y tan maravillosos como lo es toda la vida humana.

3/1/11

A poco de haberse extinguido los dinosaurios...

Hace tiempo ya, sí. Mis hermanos eran pequeños y la menor aún no había nacido. Vivíamos en el número 1 de la calle Dalia, en Quitapellejos,  en el Barrio de la Conciliación. El suelo era de arena; eran caminos de aquellos vecinales, antiguos. Sí estaba la compuerta que cerraba el acceso a la Rambla, prohibidísimo - aunque no hacíamos caso, ojos que no  ven... - y había algunos árboles cercanos en unos límites similares a las aceras que los separaban de los chalets.  Cuando llovía disfrutábamos entrando a los charcos con las botas y los zapatos también - todo hay que decirlo - para desesperación de nuestros padres.  Años después me enteraría de que la casa donde yo viví pertenecía a una compañera de instituto con la que me llevaba bastante bien y a la que recuerdo con agrado. Para acceder - era un primer piso - subíamos un tramo de escalera y teníamos un estupendo patio donde mi madre nos podía dejar con confianza, jugando, aunque era mejor salir afuera y disfrutar con la compañía de los otros niños y niñas. 
De cuando en cuando venían los rebaños de cabras por la calle principal. Entraban por la famosa compuerta por la que nadie podía acceder, con el pastor,  y volvían a marcharse por allí. Veíamos a los animales escalar, gustosos, por el muro y dirigirse hacia la Algameca. 
No se me olvida el vendedor de verduras y fruta. Tenía un carro de madera que llevaba él mismo y donde presentaba la mercancía. Al grito de "!Alcaciles!"bajaban todas las mujeres a  comprar el abasto para la comida diaria. El buen hombre vivía sólo y toreaba a los muchachos que pretendían cogerle alguna pieza del género. Tenía su genio pero era buena persona. 
En primavera florecían los celindos. En mi patio no había ninguno pero sí adornaban los jardines colindantes junto a los lirios, las rosas, los palmitos y alguna que otra palmera. El barrio era, y sigue siendo, precioso.  Tranquilo, acogedor, reservado. Un oasis como quizás lo fue en la antigüedad, cuando era un palmeral junto a una playa cercana al mar de Mandarache. El nexo de unión con la ciudad  - los vecinos decían que "bajaban" a Cartagena - era el puente de Quitapellejos. Se me hacía raro aquel puente: "cómo quitarían allí los pellejos a las cabras, qué gente más cruel " pensaba a menudo. . Después me enteré de que  no fueron cabras, sino caballos. Aún tengo que indagar un poco más acerca de aquel desagradable acto cometido no sé aún si encima o debajo del puente.

2/1/11

"Mi infancia son recuerdos...

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla..."

"Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales."

Antonio Machado.

Curso 1972/73. Clase de 4.A con Mari Ángeles. Estaba sentada en la esquina izquierda interior de mi grupo, de seis mesas. Éramos cuarenta estudiantes. Creo que el mes era noviembre y el año 1.972. En el libro, estos poemas de Machado. Mari Ángeles los leía con una voz pausada, tranquila y nosotras escuchábamos, ora en silencio, ora urdiendo alguna travesura por allá, al fondo de nuestras pequeñas masas cerebrales. 

En el patio interior llovía. Una tormenta de esas que cae, a rabiar, inundando Cartagena hasta sus entrañas. En aquel pequeño rincón me sentía segura. Era un instante preciso donde pude sentir al poeta recordando sus tiempos escolares. No me imaginaba, entre aquellas luminarias de niña despertando a la realidad, que un día mis letras podrían plasmar el recuerdo de nuestra niñez en un papel virtual. El aula de paredes amarillas llenas de dibujos, esquemas, pósters y los armarios al fondo. Las grandes cristaleras enfrente y la lluvia sirviendo de cortina protectora ante la visión de las otras alumnas que hacían señas desde las clases situadas en el pabellón opuesto. 

El colegio: La Purísima Concepción o San Miguel, como era conocido hasta que se cerró en el año 2000.  Por mucho que nuestras profesoras se empeñaran en que denomináramos al conjunto escolar por su nombre, ganaba la sabiduría popular y daba más orgullo decir que íbamos a "San Miguel" que a la "Purísima Concepción".  Nuestros uniformes recién cambiados...

Pero hablaré de ello en otro momento. Mejor, ahora, dirigirnos al principio. 



1/1/11

En cierta ocasión...

Allá por el año 1964 o por 1965 aparecí por Cartagena.  Antes había viajado por el norte - Barcelona, Marín, Ferrol, Madrid - y por las islas Baleares. Pero llegó el momento definitivo, para la familia, de asentarse en un lugar. Entre Palma y Cartagena, eligieron esta última.
Y así se sucedieron los días y los acontecimientos. Hasta que el destino volvió a tomar cartas en el asunto  y decidió que abandonara la ciudad para comenzar otro episodio en el libro de mi vida. Pero ocurrió que el capítulo anterior no se cerró completamente y, quizás, llegue el momento de ir completando las hojas que quedaron vacías. 
Si desean seguirme en el intento, les estaré muy agradecida.
Un cordial saludo.
María Teresa.