Lo mejor que tenía la Rambla eran sus muros y el puente.
Había zonas con distintas dificultades. Y casi todos, chicos y mayores, hombres y mujeres, cruzábamos por la Rambla porque era más cómodo que pasar por el puente.
Al saltar desde la compuerta, alguien había tenido la decencia de colocar tres bloques de piedra formando escalón para poder descender. De niños, bajábamos tirándonos directamente al suelo. Ahora mismo, no sé yo si bajaría ni por los escalones ni tirándome.
Se acortaba camino pasando por en medio de la Rambla que, cuando no llovía, estaba completamente seca. Había un camino marcado y todo. Al otro lado, cerca del puente se podía subir por unas escalerillas.
Nos dijeron en una ocasión que iban a tapar la Rambla y la iban a convertir en un parque como el de Gulliver de Valencia. Pero aún estamos esperando a ver ese paseo que debía discurrir por encima de la rambla
En dirección hacia la Comisaría de policía se encontraban las zonas para probar y subir. Las más difíciles eran las que estaban a ambos lados de la compuerta. La más sencilla estaba subiendo hacia la zona de la Comisaría. Hasta con patines subíamos y bajábamos el muro, para desesperación de nuestros padres que, aunque cruzaban la Rambla, lo hacían del modo más sensato y, desde luego, sin escalar muros. Pero aquello era aburrido y le quitaba emoción.
Qué mejor cosa, el viernes por la tarde, que dejar las mochilas en casa y acudir a la plaza de España. ¿Cruzando el puente? no, ni pensarlo. Cruzando la Rambla y subiendo casi por donde se encontraba la misma plaza. Dábamos al camino que tocaba con el otro muro, bajábamos y en un momento estábamos en la plaza. Ahí sí, como señoritas. No se nos ocurría hacer ninguna salvajada hasta el momento de volver a casa.
Excepto cuando había guerra por los botines de las hogueras y asalto al vivero, claro...
Nuestras madres, con santa paciencia, nos llevaban al interior de la Rambla. Nos enseñaban el nombre de las flores y las plantas que crecían, salvajes, por alli: cardos, palmitos, algo de tomillo, margaritas, césped, hierba del pastor, bulbos y cebollas de lilium y narcisos, bálsamo, ortigas... también nos enseñaban el nombre de los insectos y otros animales que pululaban por allí: saltamontes, mariposas, moscas y mosquitos, algunas ranas, lombrices de tierra, renacuajos, babosas, zapateros y mariquitas, mantis, etc... Culebras, víboras y cosas similares. Fauna y flora que desaparecía todas las primaveras por mor de la ciencia, claro: había que llevar al colegio algún insecto y allá íbamos a recolectar lo que se pudiera. Manteníamos en alcohol todo lo recogido y en verano iba a la basura. Si alguien localizaba algún escarabajo especial o alguna araña que había tenido la mala fortuna de toparse con nosotros, lo conservaba. Pero lo encantador era acudir a coger las pequeñas bolas de algodón que crecían detrás del vivero o los tomates que cultivaban.
Venía algún cafre que no tenía consideración ni con la naturaleza ni con la ciencia y se dedicaba a experimentar con los animalitos en vivo y en directo. Lo más usual era usar los botes y botellas de bebida y de laca o spray, hacer una hoguera para tirarlos dentro y ver como estallaban o ... dejen ustedes volar la imaginación...
Esos mismos "cafres" venían, igualmente, a hablarnos de esos personajes cartageneros que forman parte de la leyenda popular. Uno de ellos era "Perico", una persona discapacitada que solía pasear por la ciudad recogiendo papeles y haciendo pelotas con ellos. Creo que, a veces, los niños le pedían que realizara acciones crueles por diversión pero las madres estaban listas y dispuestas para que esa crueldad desapareciera de las mentes infantiles.